Patricia Fernández para Change.org

Valencia – 28 NOV 2016

Link: https://www.change.org/l/es/la-otra-cara-de-la-violencia-machista

Los nombres de los menores y madres que aparecen a continuación no son los verídicos, con el ánimo de garantizar su seguridad y protección y por el peligro que supondría desvelar la identidad de estas personas.

La verdadera cara de la violencia de género que nadie ve son las historias, las personas detrás de cada cifra, los hijos detrás de cada madre maltratada. La verdadera cara de la violencia de género que nadie ve es la parte humana, el desgarro que supone cada fin de semana con el maltratador, la incomprensión de una vida manejada por un sistema judicial incompetente. La verdadera cara de la violencia de género que nadie ve, son las personas que están tras ella, como Carla.

Carla, al igual que muchos otros niños y niñas, fue arrebatada de los brazos de su madre tras ser diagnosticada por el falso SAP.

“Con ese diagnóstico, un juzgado decidió que lo mejor para mí era arrancarme mi vida (mi casa, mis juegos, mi colegio, mis amigos, mi todo) y alejarme lo más posible de mi madre”.

Carla tan solo tenía doce años, pero tuvo que crecer, y crecer rápido. Recuerda el día exacto en el que fue dictada aquella sentencia, el 5 de enero, y como, el regalo de Reyes, supuso que le arrebatasen su vida, “sin haber sido escuchada, preguntada, ni tenida en cuenta, porque estaba “alienada””.

Desde que Carla fue arrebatada de los brazos de su madre, creciendo oprimida por una realidad que no era la suya, han pasado ya cuatro años. Cuatro años en los que a Carla nunca se la quiso escuchar.

“Viví hasta los 16 años preguntándome ¿por qué? e intentando sobrevivir lejos de todo lo que había querido y quería, sin que nadie me explicara ni me diera una respuesta o explicación de ¿por qué? Nadie me escuchó. Nunca. A pesar de haberlo intentado (juzgados, equipos psicosociales, psicólogos…). De NADA sirvieron las (pocas) oportunidades que me dieron de hablar, porque estaba “alienada”.”

Este es el modus operandi de un sistema judicial que oprime, coacciona y mata en vida a sus menores. Esta es la vida, llena de dolor, que se les obliga a vivir a muchos niños y niñas. Vida que muchas veces, como decidí yo cuando a mis seis años fui obligada a ir con el maltratador, no vale la pena vivir.

La única salida que ha encontrado Carla para escapar de tanto dolor ha sido la emancipación. Después de pasar años tratando de comprender por qué nadie la quiso escuchar. Después de años tratando de comprender por qué alguien, que nunca la escuchó, la había robado su vida. “Yo era pequeña, pero hablaba por mí, por lo que quería y necesitaba. Y nadie me escuchó.”

El sistema judicial hace oídos sordos entregando custodias a maltratadores y luego sorprendiéndose cuando, de pronto, estos nos arrebatan a los niños y niñas.

La realidad de Carla se extrapola a la de cientos de niños y niñas que, por el peligro que supondría contar su historia, tienen que callar. Cientos de madres que se ven obligadas a ver a sus hijos llegar a casa (tras pasar los días correspondientes con el maltratador) sin vida, sin ganas. Marcados a veces con moratones, con cicatrices de las que duramente se recuperarán. Llegan con ataques de ansiedad, sin uñas, llorando y temiendo la llegad  del próximo fin de semana.

¿POR QUÉ NADIE LES ESCUCHA?

Como Carla también se encuentra Carmen. Pero Carmen es unos años más pequeña. Carmen fue abusada sexualmente por su progenitor biológico, que también abusó de su madre. El problema es que, muchas veces, por miedo, pánico o, incluso, vergüenza, no se atreven a contar lo que les está pasando. Carmen no ha cumplido los diez años y ya sabe lo que supone asistir a un psicólogo. Sabe lo que es que un psicólogo la interrogue. Carmen, con menos de diez años, ha sufrido en sus carnes el dolor que produce el sistema judicial. Pero Carmen no puede hablar, y su madre, Elisa, lo sabe. Elisa ha tenido que escuchar de mano de los profesionales que, se supone, están para ayudarlas a ambas, que su pequeña debe aprender a poner límites y que, por lo tanto, no debe preocuparse, porque, al fin y al cabo, el abuso sexual y el maltrato físico producen las mismas secuelas.

Menores maltratados y coaccionados, madres desesperadas que no saben ni a dónde ni a quién acudir. Madres que no ven la luz. Y mientras, el psicólogo, juez/a, perito o abogado/a de turno, dormirán esta noche, cenarán con su familia, relajados, sin ser conscientes (o siéndolo) del dolor que el sistema judicial dependiente de ellos, está provocando.

Como Carla, Carmen y Elisa, se encuentran Marta y sus dos hermanos. Tras decidir denunciar a su progenitor por malos tratos en 2012, a sus 11 años Marta se enfrentó a su primer juicio. Sin embargo, al igual que le pasó a Carla, su voz fue acallada por el falso síndrome: el SAP. Con la boca tapada, la vida robada y su caso archivado, Marta y sus dos hermanos iban a conocer de primera mano la desprotección y el castigo al que son sometidos los menores que se atreven a denunciar, a hablar, a decir, que los están maltratando. Obligados a ir a terapia para recuperar una relación paternal que nunca existió, los tres pequeños tuvieron que escuchar que todo era producto de su imaginación y de una madre, Sandra, manipuladora. Terapia tras terapia, no encontraban solución. Se vieron envueltos en un sistema judicial y los juegos de niños se convirtieron en test de conducta, los profesores en terapeutas que les decían a quién debían querer, y su felicidad, en la angustia que suponía vivir una vida así.

La confirmación de sus miedos, como los de Carla, llegó cuando la custodia de los tres hermanos fue entregada al maltratador. El servicio de atención a menores que se suponía, debía ayudarles a sobrellevar la situación, se negó a hacerlo argumentando que estaban manipulados. Su madre tardó tres meses en recuperar la custodia de los tres pequeños. Marta recuerda como “vivía en mi casa, pero no me sentía libre. Vivía con miedo. Sabía que no podía esperar ayuda de la justicia.” La misma justicia que la había arrebatado de los brazos de su madre. Pero la pesadilla no terminó ahí, y fueron obligados a ver a su progenitor en un punto de encuentro. Allí, el equipo psicosocial, les amenazaba con hacer informes testificando en contra de su madre, y mandarlos al Juzgado, si no hablaban con su progenitor. “Vivimos en un país donde la justicia hace débil a la víctima y fortalece al culpable”. Así termina Marta su testimonio.

Esta es la dinámica del sistema judicial español. Con una teoría legislativa que, aparentemente, mejora, y con una práctica que no hace más que pisarse los pies. Así son tratados las menores víctimas de la violencia de género en España. Esta es su realidad y no la que la falsa publicidad y las cortinas de humo del Estado intenta vender.

Por ello, le pido, a nuestro Presidente Mariano Rajoy y a los principales partidos políticos, que tomen medidas. Y dejen de matar a nuestros niños en vida a través de un sistema judicial que supone la prolongación de la angustia, el dolor y el desgarro, del maltrato. Porque hay heridas como las de Carla, Elisa, Carmen, Sandra y Marta que nunca, nunca, cicatrizan del todo.

28 de noviembre de 2016

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